Cuando faltan cronopios

Crónicas de ciertos amigos que llegué a conocer


jueves
  Sobre miedos y marchas Es precisamente la dimensión social la que se empaña por las exigencias de la más grande manifestación política de los últimos tiempos en la Ciudad de México.

Si hemos dicho que la manifestación contra la inseguridad es una manifestación política, no podemos dejar de advertir una contradicción de términos, de palabra y acción en esta manifestación que niega su responsabilidad política, oculta su ideología fundamental (ese orden de ideas, jerarquzación de valores de toda actividad social y política y que, en este caso, pone como valor fundamental la seguridad individual, por encima de la alimentación, la educación, el respeto y el amor) y empaña las exigencias sociales que le dan sustento. Con este revoltijo, no queda más que pensar que a la buena voluntad de los asistentes, el sentido general de esta acción colectiva se tergiversa y puede ser susceptible de ser manipulada. Este temor no carece de fundamento histórico, pues la concentración de multitudes ha sido una de las formas tradicionales del ejercicio de la presión política. En este marco, no es la marcha en sí lo que puede otorgar luces sobre su sentido general y su proyección social, sino el contexto de las fuerzas en movimiento.

Antes de abordar este análisis político, me pregunto si el sentimiento de miedo puede convertirse en un valor social. El miedo, el miedo a lo que vendrá, alo que puede ocurrir. El miedo parte siempre de una visión del futuro.

Decía Freire que es nuestra condición histórica la que hace nacer en nosotros la preocupación por el devenir. En consecuencia, el deambular presente se encuentra matizado por la imagen de futuro que soñamos y creamos, y empuja a, por lo menos, dos actitudes diametralmente opuestas: la espera y la esperanza.

Mientras la primera advierte un dejo, un abandono del ser, un dejar acontecer al destino (se conozca o no, se comprenda o se ignore), la segunda se desprende de un empuje personal y comunitario, de una imagen del futuro con la cual los individuos, en tanto integrantes de una comunidad que comparte dicha imagen, se comprometen.

El compromiso con que se enfrenta al futuro, propio de esta segunda actitud, está claro, aplaca al miedo (aunque no lo desaparezca): confrontándolo hace de él combustible de nuestros cotidianos vehículos. Si bien no estoy del todo seguro de qué ocurre con la actitud de espera, imagino que la comprensión del futuro, la adivinación del destino aplaca al miedo con su pesimismo desangelado. Sin heroísmos posibles, sin la voluntad martirológica (siguiendo el curso de las críticas que los intelectuales neoliberales han hecho a la izquierda) esta posición cuenta con una agudeza crítica que despedaza los discursos de la esperanza. Con su ironía desencantada o con vil cinismo, esta actitud cuenta con las virtudes lógicas de descalificar todo argumento que apele a la emotividad esperanzadora.

En el caso de que la espera parta de la ignorancia absoluta del futuro, la incertidumbre anima imágenes absolutas del devenir, imágenes sin matices, que no aceptan la diversidad de perspectivas, que impiden el acuerdo con la diferencia.

En ambas es la voluntad de algo ajeno a los individuos (la voluntad divina en sus múltiples rostros: el científico, el esotérico, el “político”) lo que interviene, transforma y define el futuro. Nuestros temores liberales que pugnan por la preponderancia del individuo y las visiones comunitaristas que imponen la voluntad de un todo sin forma, son ambas expresiones milenaristas. El signo de izquierdas y de derechas no hace más que ocultar las diferencias profundas de nuestros tratos con el futuro.

Me queda claro, entonces, que el miedo, pese a ser un sentimiento que anima actitudes sociales, no es ni puede ser un valor social. ¿Qué defiende una manifestación contra el miedo? ¿Qué valores promueve? ¿Qué imagen de la sociedad postula está manifestación? Finalmente, ¿qué manifiesta?

Su grito de ya basta no identifica sujetos, fuerzas, ni tendencias. Se presenta ante un muro (el miedo al devenir) y exige una respuesta salvadora. Ni el miedo es un valor humano, ni tampoco lo es la ausencia de miedo, pero no podemos perder de vista que sobre él (con su ayuda, con su poder de manipulación, con su indiscutible convocatoria) se construyen universos sociales, estructuras valorativas e ideologías. ¿Pondríamos nosotros al miedo a la violencia como nuestra principal preocupación? ¿Qué lugar ocuparía el miedo al hambre, a la ignorancia, a la irresponsabilidad, a la corrupción, al desalojo? ¿Cuál es nuestro peor miedo? ¿Por qué es precisamente ese y no otro? ¿No será que nuestros miedos son desorganizados, absolutos, inconexos y también manipulados? 
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