Cuando faltan cronopios

Crónicas de ciertos amigos que llegué a conocer


viernes
  ESCRIBIR ES ENCONTRAR RELACIONES entre las palabras y el mundo. Suelo tomar notas sobre imágenes y frases que se me ocurren en el estado de trance que se tiene al leer: un campo casi azaroso se establece entre las palabras en el libro y las imágenes que de ellas nos formamos en la mente, detrás de los párpados abiertos. La lectura es un sonambulismo y en sus contornos surgen ideas que exigen ser apuntadas por ahí. Pueden pasar meses y años pero lo que escribí y olvidé que había escrito sigue por ahí en la parte de atrás del libro o junto a un subrayado –los subrayados antiguos siempre son como los sueños: nadie sabe por qué le parecieron a uno tan importantes como para ser resaltados– o en un papel escondido en el fondo de un cajón. Y cuando encuentro esas ideas perdidas hacía años siempre me abismo: se parecen mucho a lo que acabo de escribir, a lo que hace media hora estaba pensando como una idea nueva. Luego viene cierta desazón: no se me ocurre nada nuevo, todo ya lo he pensado, siempre escribo el mismo texto, lo apunto, lo pierdo, lo reencuentro. Pero acaso ése sea el centro de la literatura: algo con lo que nos reencontramos sin saber que ya lo habíamos pensado. Del otro lado está el lector leyendo las frases que uno escribió pero formándose las imágenes para las que él está predispuesto: la literatura es hasta lo que no dice, es un juego en la arena. Poniéndolo en otras palabras: ¿por qué a uno le atraen sólo ciertas ideas, ciertas imágenes sugeridas, olores, determinados personajes o historias, flores o minerales particulares y no otros? Los horósopos y la genética no han atinado sino a constatarlo con resignación: así es.

Sin embargo, esta relación entre lo que pensé y olvidé mientras leía, es uno de los asuntos que se pierde con la utilización de los medios de la era de las pantallas. Si uno lee un libro en la pantalla de la computadora, no hay forma de subrayar y apuntar con la soltura que se hace en los márgenes de un libro que es un objeto. Al escribir en computadora tampoco quedan las versiones de un mismo texto. Son borradas para siempre y nunca reabordables. En el caso de la literatura llevada al cine y a la televisión, lo que uno guarda es la imagen. Todos los personajes de Shakespeare tienen la cara de Kenneth Brannagh y de Emma Thompson. Se pierden los rostros posibles que cada lector se hace en la mente y, de igual forma, se extingue la capacidad de encontrar sentidos distintos en las frases. La imagen subyuga porque conmueve más que la palabra escrita, aunque su poder sobre nosotros dure apenas unos segundos. La imagen de un niño afgano agonizando en un hospital lleno de moscas mueve a la indignación o a la pena porque es directa. No tiene varios significados ambiguos. Es lo que es. En cuanto ha pasado, esa imagen pasa, el sentido unívoco de la pura emoción también desaparece.

UNA NARRACIÓN OPERA de la misma forma que una teoría científica: debe borrar las huellas de sus intentos, tropiezos e inconsistencias para dar el aire de verosimilitud. En ambas se da una lucha contra su propia historia. Así como los gobiernos constituidos se esmeran en simular que su origen no es una masacre, las narraciones literarias o científicas se encargan de sus propios tendidos en la línea de fuego. Eso es lo que parece estar detrás de la idea de la "obra" literaria, el "modelo" científico o la "soberanía": el sacrificio de lo que "está de más". El ocultamiento de ese borramiento constituye a cualquier narración.

Sin embargo, este procedimiento que sacrifica lo que sobra, varía con los nuevos medios. Para la televisión, por ejemplo, no existen los hechos que no impactan, conmueven o seducen. Para internet todo vale lo mismo: en la difusión de todos los mensajes se pierde la distinción entre imprescindible y prescindible. Es el cibernauta el que debe hacer las elecciones de lo vale la pena ser visto, leído y almacenado. Pero este componente supuestamente democratizador de los saberes es, según mi propia experiencia, inoperante. Dentro de internet existe la jerarquía de quién tiene publicidad pagada o banners, de quién pone una página como link de otra, y de cuánto tiempo se tarda un cibernauta en llegar a ella. Todo esto tiene que ver con la cantidad de dinero detrás de una página. Como en todo lo demás, el criterio es la audiencia. Son las páginas más visitadas las que tienen los links con los portales más recurridos porque son las que tienen más dinero, pero existe, además, otra condicionante que hace de internet un mito de la democratización del saber, y es que es un medio que no sirve para leer sino para ver. Uno ve un libro en línea, y lo almacena para leerlo después. Yo tengo más de cien libros que el Proyecto Gutemberg hace el favor de regalar en formato binario, pero jamás los he leído. No se puede. El medio no lo permite: las pantallas tienen esa capacidad de captar tu atención sólo para la imagen, nunca para las palabras. Pero creo que esta ineficacia para hacer coincidir lectura y pantalla se debe también a la velocidad. Internet es un medio que se presenta como un circuito de respuestas rápidas. La tentación de picar el mouse y cambiar de página sin haberla leído es como la del zapping en los controles de canales de televisión. Hay una urgencia por ver páginas nuevas que no corresponde al ritmo paciente, degustador, de leer un libro.  
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