Cuando faltan cronopios

Crónicas de ciertos amigos que llegué a conocer


lunes
  Sobre la novela de la revolución

La primera novela de la Revolución mexicana, Los de Abajo, de Mariano Azuela, es un recorrido que no tiene retorno, es un salto vital al abismo, una impresión de mareo y náusea, una desbocada, desesperada esperanza de vida.

Demetrio apunta y no hierra un solo tiro... ¡Paf!... ¡Paf!... ¡Paf!...
Su puntería famosa lo llena de regocijo; donde pone el ojo, pone la bala. Se acaba un cargador y pone otro nuevo. Y apunta...
........ .......... ....... ...... ..... ..... ....... ........ .......... ....... ...... ..... ..... ....... ........ .......... ....... ...... ..... ..... ....... ........ .......... ....... ...... ..... ..... .......


Intentando respuestas a la gran interrogante que planteó el levantamiento armado y la lucha social de principios del siglo XX, la novela de la Revolución intentó mostrar lo que no podía entenderse a simple vista, lo que no se advertía al calor de los hechos, lo que no se podía valorar en el vertiginoso curso de la vida diaria.

El humo de fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas.
La sierra está de gala, sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia.
Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa, como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con su cañón de fusil...


Fijando imágenes, deteniendo los acontecimientos para reconstruirlos y definir, trazar si acaso, nuevas perspectivas de lo acaecido, las novelas intentan exponer el vértigo del proceso revolucionario desde el detenido transcurrir del tiempo de la narración novelística.

No es casualidad, entonces, que de la novela de la Revolución resulte una historia narrada desde la soledad, en un desierto inmóvil, con la muerte haciendo trizas al tiempo.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. "No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dar gusto conocerte. [...]
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.


No es casualidad que con el paso del tiempo sea Pedro Páramo quien pudo desplegar la narrativa necesaria, indispensable para entender el México revolucionario, el México suspendido en un juego de sangre y muerte, el México que no termina de superar una profunda contradicción: el México revolucionario e institucional a un tiempo. Pedro Páramo se convirtió en la más grande, la última de las novelas de la Revolución. 
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