Cuando faltan cronopios

Crónicas de ciertos amigos que llegué a conocer


miércoles
  Hace unos días estuvo en la ciudad de México el grupo de rock Pearl Jam. Dio una conferencia de prensa, al parecer la primera que hace en mucho tiempo, delante de una bandera estadounidense que, en lugar de las estrellas de los estados confederados que dan sentido a su nombre, contaba con los logos de las transnacionales más importantes. Más allá de este gesto simbólico, dieron un dato que da elementos para reflexionar un poco. Dicen ellos que sólo el 17% de los ciudadanos estadounidenses cuenta con pasaporte.

Si se compara ese 17% por ciento con los ciudadanos que tiene pasaporte, digamos en Somalia, Liberia o Bolivia quizá podamos afirmar que es un alto porcentaje, pero hay que tomar en cuenta que, para ser un país de primer mundo, con un alto ingreso per cápita y con el afán de convertirse en el regulador de las relaciones internacionales ese 17% resulta no sólo asombroso sino también desconcertante.

Los estadounidenses no conocen el mundo, no han viajado, no se interesan por conocer otras culturas. El escape, el viaje, la salida ha sido un tema recurrente en películas y novelas estadounidenses, y sin embargo nunca va más allá de sus fronteras. Si uno es gringo, la mejor oportunidad que tiene de viajar y conocer mundo es integrándose al ejército, pero en todo caso siempre vivirá esos viajes como una obligación y a través del tacto de las botas y el uniforme militar. No es casualidad que los veteranos sean de los pocos ciudadanos que puedan contradecir el discurso oficial de la barbarie que rodea a los Estados Unidos, claro que sus constantes enfrentamientos armados les dan a los soldados pocas oportunidades de sentarse a recapitular sus experiencias.

Dicen que el dueño del Sheraton construía sus hoteles bajo el concepto de hacer sentir a los gabachos como en casa. McDonals y Burger King, entre otros espacios del consumo alimenticio, siguen este mismo parámetro. Un mismo diseño, creado en Estados Unidos y generalizado al mundo sin modificaciones. Home, la “casa” de los Estados Unidos se reproduce en todo centro comercial y en todo restaurante de comida rápida. La idea original es hacer sentir al cliente gringo que está como en casa. (Quizá sea por eso que los estadounidenses tienen menos facilidad para los idiomas, y en serio que no quiero ser determinista pero el peor español que hablan los extranjeros en México es el que mastican los gringos.) Si se fijan un poco, se podrán percatar que todo mall o lugar de fast food se encierra sobre sí mismos, siempre bajo el halo de una luz siempre intensa y siempre blanca. Son rincones del paraíso en medio de cualquier barbarie. Ya sea cerca de Columbine, en México, en Lima o en Singapur, la imagen es siempre la misma y la regularidad, se sabe tiene la virtud de calmar, más aún, de sosegar el alma. El encuentro con lo ajeno, con lo externo, con lo raro, con lo wirdo está de antemano cancelado.

No quiero hablar del “American Way of Life” del cincuenta y sesenta, creo que esa imagen se encuentra ligeramente desgastada. Pero no deja de sorprenderme que esa imagen se esté renovando bajo el mismo caparazón del consumo y con la búsqueda de felicidad. Esa imagen cincuentona se había fracturado con una idea: that is so bored. Aburrido, palabra de novedad inquebrantable. Pero la intensidad vino a renovar este sueño. Los yuppis integraron la gana vital, la necesidad de emociones, de los hippies en los términos del éxito. Mientras tanto, aquellas señoras del American Way of Life, al contar con los avances tecnológicos que les facilitaba las labores de la casa, comenzaron a darse tiempo para pensar y sentir otras sensaciones. Pero en lugar en lugar de encontrar sus espacios de liberación, sus propios gustos y sus placeres, más que reencontrase y reinventarse, fueron encaminadas a una nueva obligación social: se convirtieron (bajo la guía de Cosmopolitan) en unas putas espectaculares, o al menos esa era su obligación. Se trata de ser unas estupendas putas, aunque lo fueran sólo de sus parejas.

Para ser estadounidense basta con aparentar serlo. To be or to be like, that is the same issue. Aparentar es una de las rutas del éxito, ya lo dijo en mi pueblo Miguel Angel Cornejo. Gustamos de aparentar. En mi país del Tercer Mundo, como en todos los del mundo (con una excepción más que clara de matices hecha por los fundamentalistas árabes), queremos ser gringos. Queremos tener novias güeras con tremendas tetas y novios grandotes con sonrisas bobaliconas. Queremos ir a fiestas donde se beba mucho, donde las mujeres enseñen los pechos y donde podamos, si alcanzamos determinado estado etílico revolcarnos en el suelo con una gringota toda babosa (para una mejor lubricación). Fíjense en la síntesis fabulosa del éxito y la “liberación sexual”, de la apertura a nuevas sensaciones y los espacios perfectamente encerrados sobre sí mismos como paraísos de lascivia permanente. La cultura ha sabido reintegrarse después de cada combate crítico. Objeto eterno del deseo, la cultura gringa insiste en no abrirse, necia, empecinada en las señales de su propio éxito, mientras todos alrededor, afuera intentamos integrarnos.

No hay de otra, o se está dentro o se está afuera, o se dedica uno a estar adentro sin ver lo que más allá de uno existe, o se niega a aceptar eso y lo enfrenta sin ver lo que más allá de uno existe. Dos caras de una misma actitud ensimismada. Esta misma imagen de una juventud vivida “intensamente” es la que les llega a los moralistas católicos y musulmanes: esa atracción es su repulsión.
 
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