Cuando faltan cronopios

Crónicas de ciertos amigos que llegué a conocer


lunes
  Hace un par de años hubo un concierto en el local de las costureras, acá en Calzada de Tlalpan. Era un concierto en apoyo a unas comunidades indígenas, no recuerdo cuáles. El ska, el punk y el hard core daba tiempo al grito de consignas, y, como pudiera creerse, no fue Zapata quien aglutinó la euforia. En un concierto urbano, Flores Magón se hizo presente, su imagen tomó un nuevo sentido.
Les mentiría si dijera que entiendo por qué y cómo se reactiva, cómo se reinterpretó ahí la imagen de Flores Magón, no sé cómo se reinterpreta ahora. Creo se pueden hacer intentos de aproximación, siempre que nos prestemos a las parábolas entre la historia y la actualidad, a las relaciones inciertas que se establecen entre ambas, a la imaginación. Con su permiso, voy.

De Flores Magón se dice era un soñador: “Es aquél que carga con el título de ser el instigador de la lucha, es una expresión de la vitalidad revolucionaria. Sin embargo, no supo leer lo que aconteció durante la revolución. No comprendió el curso concreto del movimiento de la revolución mexicana, cuya complejidad desbordaba sus esquemas ideológicos. ¿Qué duda cabe? Le faltó instrumentar una práctica política coherente, esa particular pragmática que permite que los movimientos triunfen. Era un radical, un ultra como se les llama ahora. Pudo nombrar la utopía que desencadenó la lucha social, pero, como ya sabemos, las utopías necesitan hacerse realidad. Si no, ¿pa’ qué?”

Las imágenes que tenemos de nuestro pasado no pueden quedarse detenidas, precisan, para mantener su vitalidad, de nuevas reinterpretaciones, de un movimiento constante que las articule para concordar con la imagen que tenemos de nuestro presente. Las imágenes que propone la historia pueden servir para entender nuestra realidad actual, porque son imágenes que, en la memoria de nuestro presente, articulan nuestras vidas.

Quiero contar un poco sobre la genealogía, no de una idea, sino de una práctica. Hacia finales del siglo XVIII se creó la imagen un mundo donde los individuos se podían hacer cargo, tanto de su propio entendimiento, como del orden social común. Se requería para ello una actitud dispuesta a practicar libre y responsable de la conversación y el debate, nada más. Con el tiempo, esa práctica de intercambiar opiniones e ideas por medio de libros, libelos y periódicos se estableció como una idea patrona de la justificación social, como la única práctica posible de regular sobre los conflictos. Esta práctica descansa en un principio inamovible: todos los individuos pueden resolver, sin tutela de autoridad alguna, los asuntos que les son comunes y son de su incumbencia. Es, como se ve, la idea del mundo que propone la Ilustración, aquella que se obliga siempre combatir contra el autoritarismo (contra aquella autoridad que carece de razón, que no se justifica, que no es necesaria).

"Un tirano no confía tanto la estabilidad de su dominio en la fuerza de las armas como en la ceguera del pueblo. De aquí que Porfirio Díaz no tome empeño en que las masas se eduquen y se dignifiquen." [Flores Magón, noviembre 1910]

La autoridad debe sustentarse racionalmente y no por decreto. Así, todavía hoy, se entiende la cultura democrática como una práctica de intercambio que debe establecerse en igualdad de condiciones. El problema es que este espacio de intercambio de opiniones, no sólo debe garantizarse en términos de las libertades políticas. Al contextualizarse, este espacio hace patentes las diferenciadas condiciones de difusión e influencia (entendámonos, no tiene el mismo peso ni el mismo alcance un periódico que un canal de televisión o, en el caso de las condiciones del porfiriato, no es lo mismo un periódico financiado precariamente por sus editores que un periódico con tiraje nacional financiado por el poder ejecutivo), se muestra, también, la falta de equidad de las posiciones que ahí se manifiestan (distintas fuerzas se enfrentan, hacen uso de su prestigio, de chantajes, de argucias) y, finalmente, se hace presente la falta de garantías de expresión.

Les mentiría si dijera que entiendo por qué y cómo se reactiva, cómo se reinterpretó en el concierto del que les hablo la imagen de Flores Magón, no sé cómo se reinterpreta ahora. Sospecho, sin embargo, que la marginalidad urbana, que la marginalidad fronteriza entre las formas políticas autoritarias y la modernización económica puede marcar un lugar de convergencia entre este concierto y la imagen de Flores Magón. Marginalidad económica, pero no sólo, ni fundamentalmente (no insisten en remarcar la diferencia de acceso a distintos bienes de consumo). Marginalidad política, aunque no sólo, ni fundamentalmente (ambos comparten la voluntad de hacerse públicos y de discutir sus problemas como problemas de todos). Flores Magón y ese concierto comparten un mismo espacio de la marginalidad, que sin duda pasa por la marginalidad tanto económica como política. En ese espacio de marginalidad, y por medio de los periódicos, de manifestaciones, de conciertos, de atuendos y tatuajes, de pasquines y de discusiones, de centros de cultura alternativa, se preguntan, de mochas formas, como lo hace la Ilustración, ¿cómo organizarse, y difundir ideas y prácticas?, ¿cómo gobernarse? Pero también, y fundamentalmente, se preguntan ¿Cómo no ser gobernados de ese modo, no en nombre de esos principios, no atenido a esos objetivos ni bajo las consecuencias de esos métodos; no así, no por eso, no por ellos?
 
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